3 o 4 años después, barriletes... 11 y 6

Tenía 18 años y ya se sentía de a poco, día a día más adulta.
Tez clara, ojos verdes, cabello oscuro.
Muy joven tal vez para su manera de plantearse el mundo, que no era tan problemático como lo veía.
Estaba en un café, no recordaba bien cuál luego de haber salido de él. Sentada pidió un un submarino, porque nunca le terminó de convencer el gusto espeso y fuerte del café. Unas medialunas también, por favor.
Estaba sencillamente vestida, un pullover más bien fino, de color apagado, unos jeans y unas converse. El pelo semirecogido, algo revuelto por el viento que la había despeinado afuera. Por suerte había amainado y era ahora tan sólo una brisa calma. Buscando abrigo de aquel viento había ido a parar a ese café.
Vio de pronto un revistero cercano a su mesita y fue a tomar una, La Nación. y bueno, si es lo que hay... La ojeó sin interés aparente y finalmente optó por dejarla a un lado y mirar por la ventana. Capital era aún más linda de noche.
Sus dedos se deslizaron suavemente por la mesa y pronto rozaron el clavel que le había llevado a aquella decepción. Hacía una hora que estaba en el café y, por casualidad, se había encontrado a Juan ahí. Él la invitó a tomar algo, y ella aceptó sólo un té. Hablaron durante la media hora que él estuvo, en la cual un hombre se acercó vendiendo flores: "Sea caballero y compreme una para su novia"
Y el clavel todavía estaba arriba de la mesa, blanco, puro. Como Juan, o tal vez un poco más. O un poco menos. Un poco menos mientras llevara el sabor dulzón de la decepción que le causaba hacer tenido que rechazar tan amable y cariñosamente a ése chico. Nunca había sido buena para eso, yo que la conocí bien puedo jurarlo. Siempre fue torpe para decir "hola" pero aún más para decir "adiós". Creía que el pibe no había podido continuar conteniendo las lágrimas mucho más y por eso se había ido a paso lento de aquel momento que le había roto las pequeñas ilusiones que le quedaban. ¿Hacía cuanto lo había visto en sueños? ¿Tres, cuatro años? qué sé yo... una banda de tiempo.
El clavel siguió ahí, inmutable.
Y mientras un joven morocho de ojos oscuros entraba en el café, ella que no lo vio, ya podía escuchar en su cabeza "Barriletes" de La Bersuit. El pibe, sí, otro pibe más, se sentó en una mesa bastante alejada de ella, lo bastante alejada como para no reconocerla a primera vista. Pero luego de unos diez, quince minutos, pudo ver quién era. Y se le hizo un nudo en el pecho. Y no sabía si acercarse o no a ella. ¿Qué diría? ¿Se iría corriendo? ¿Le gritaría? ¿Se acordaría de él?
El hecho es que ninguno de los dos se había olvidado el uno del otro finalmente... Sólo habían dejado de extrañarse por un largo tiempo, a veces con resultados buenos, a veces no. A veces se extrañaban, a veces se dejaban de extrañar e intentaban poner esperanzas en alguna otra persona. Pero siempre terminaban en ellos mismos, en que no podían confiar en nadie más. Y así se volvieron dos personas cada vez más cerradas, más falsas, más impuras. Pero sabemos que en el interior, esos dos, los dos, sabían quiénes eran realmente.
Al final le chupó todo un huevo, y se acercó torpe, como siempre, sólo que ella, como siempre casualmente también, no lo notó. Le susurró algo, porque distraída seguía mirando por la ventana. La llamó en un susurro y ella rápidamente en defensa miró hacia él. Y lo reconoció al instante, no necesitó pensar para saber quién era. Se saludaron, sin saber cómo hacerlo.
Él le preguntó si andaba bien, y ella no sabía bien qué contestar, pero con un titubeo le dijo que "bien, bien, ¿vos? ¿normal?" Una sonrisita burlona delató que él no había cambiado. "Ya me tengo que ir" dijo ella y se levantó de golpe, se puso una campera finita que colgaba del respaldo de su silla, una cartera, y se dirigió apresurada hacia la puerta. Torpe como siempre se olvidaba de pagar. Le dio al mozo la plata y le dijo que guardara el cambio, porque dos mangos más, dos mangos menos no podía contra un momento así. Iba a abrir la puerta "Hey, ¿qué pasa?", "Nada, me voy, después hablamos por ahí". Abrió la puerta y sintió el aire frío pero pesado, de noche fría de verano. Se sentía bien, y se acostumbró rápido al cambio de temperatura.
Y él la tomó del hombro. "Esperá, vayamos a caminar por Corrientes, ¿querés?",  "B... bueno" respondió. Siempre igual, siempre. Ni ella ni él eran muy diferentes de lo que habían sido 3 o 4 años atrás, tan sólo diferían los 18 de ella y los 21 de él de sus anteriores 15 y 18... y el clavel olvidado en la mesa, él siempre la hacía olvidarse de todo.
"¿Empezamos de nuevo? ¿Cómo estás?", "Bien, ¿vos?", "Normal...", "Ahá", "Eu, ¿qué pasa? ¿Estás enojada?", "Para nada", "¿Qué hacés acá? ¿No vivías en Avellaneda?", "No, me mudé hace poco, no conozco mucho todavía, pero intento manejarme sola lo más posible", "Ah... al final te mudaste, ¿vivís con tu viejo?", "No, no, con mi mamá", "Y, ¿Estás estudiando?", "Diseño de indumentaria, ¿vos estás en el conservatorio?", "Sí... me gusta, qué sé yo", "No cambiaste nada", "Vos tampoco, y te equivocás"

El silencio fue ley durante unos 20 pasos presos de gente caminando despacio y luces de colores por doquier.
-¿Por qué no nos sentamos en algún lado a hablar bien? ¿A qué hora tenés que estar en tu casa?
-Con que avise a qué hora llego, a cualquiera.
-¿Querés venir un rato a mi casa? Después te llevo yo.
-Bueno, dale.

Y se fueron para la casa de él ¿Hacía cuanto no pisaba esa casa?

-¿Tu mamá?
-Duerme, son como las dos de la mañana.
-Ah...
-Vení, subí.
-Permiso...
-¿Siempre tan educadita vos?
-¿Siempre tan... vos?
-Yo
-Uf...

Ella se sentó en la cama y él agarró la guitarra.
-Dejá eso, quiero hablar con vos, dudo que me escuches si tocás.
-No voy a tocar, dale, ¿qué pasa?
-Vos primero, vos me invitaste para hablar.
-Vos, o nada
-¿Siempre igual? Menos mal que me euivocaba. Me voy.
Sin darse cuenta, otra vez sí, ella usaba el mismo tipo de manipulación con él que él usaba con ella antes.
-No, no, perdoname, estoy perdido, todavía no lo puedo creer... Quería decirte que nunca te olvidé, sabías ¿no?
-Podrías empezar a demostrarlo. Antes no lo hiciste, sabías ¿no?- Se mufó ella.
-Estuve yendo al psicólogo. Sentía que no podía más con mi vida, si todas las personas que me importaban se iban, por mi culpa.
-¿Sabés que me hubieras dicho vos si yo antes te hubiera dicho eso mismo que me acabás de decir? Si te decía que estaba yendo al psicólogo porque me preocupaba lastimarte a vos, o a todos.
-¿Qué?
-Me hubieras dicho: "Te felicito"- lo imitó.- Además de haberme pedido miles de veces perdón y nunca haber cambiado. De haberme dicho que me querías, pero nunca haber cambiado por mi, después de haberme maltratado con tus: "no te quiero ver nunca más en mi vida, no me hables nunca más" etc, etc, etc...- cuando se dio cuenta de que entraba en un lapso de cólera, comenzó a callar de pronto.
-Perdón... Pero yo cambié. Puedo probarlo. Lo hice por mi, porque no soportaba más sentirme así de mal.
-"Lo hice por mi", que sincero...
-Es verdad. Quiero dejar de mentirte, de manipularte, de tratarte mas y todas las cosas que dijiste y que no dijiste también.
-¿Al fin te diste cuenta o sólo lo decía porque yo lo dije?
-Releí nuestras charlas... mis "no te quiero ver más" no fueron muy sanos que digamos, ¿no?- su mirada se desviaba al suelo.
-Fue un relación enfermiza esa. Se convirtió en mi enfermedad crónica.
-¿Crónica?
-Crónica, que no se cura. Que sigue vigente.
-¿Qué sentís?
-Mariposas.
-¿De verdad?

Ella se levantó y con un dedo taciturno buscó en la pared el texto en la pared que rezaba: "Lo mio es pa´vos, lo tuyo es pa´ dar"
-Eso es del 4 de septiembre del 2010- le dijo él mientras en la guitarra sonaba "Mi semilla". Y hoy estaban en enero del 2014.

Ella se acercó y tapó todas las cuerdas con una mano. "Ya lo sé", "¿Cómo te acordás ¿Qué pasó en esa fecha en tu vida?" La retó él a que contestara esa pregunta. Y finalmente ella respondió: "Nada que te incumba".

No se sabe cómo él terminó muy cerca. Y se callaron, no es necesario relatar cómo sólo porque es romántico. En sus vidas eso ya no era color de rosa. Había cosas más importantes, y lo habían descubierto con el tiempo. Era tan sólo una sensación dulzona que podía pasar por la perfecta cocaína que seca las lágrimas por un momento. Por un momento. Se parecía al self-injure de su temprana adolescencia.
Y sí, su vida había sido un puterío. un puterío al que ella ya no quería volver más, y a la vez sí.
-Che, mejor que me vaya yo.
-¿Por qué?
-Porque sí, porque esto va a terminar como antes, vos no cambiaste, y yo tampoco. Vos tendrás tu forma, yo tengo la mía.
-Andá, pero yo te voy a ir a buscar.

Nada más se dijo. Que extraño... ¿por qué él había dicho eso? Ese no era él, pero sí.

-¿Cuál es tu dirección?- preguntó marcando el número del remis mientras tomaba una lapicera y anotaba la dirección en un post-it amarillo al lado del teléfono.

Se subieron al remia a eso de las 3:30
"Ma, estoy yendo para zasa, en 10 minutos llego", "Bueno, ¿todo bien?", "Sí, sí... todo bien.", "Bueno, un beso", "Chau".
Mamá pensaba que la nena estaba con las amigas, já. Era mejor que antes escondiendo, o tal vez mamá se había resignado a que fuera así.

-¿Vos me querés?... Bue, ¿para qué pregunto boludeces si ya sé la respuesta?
-Exácto.-dijo él- Te gusta escucharlo.
-Sí, debe ser.
-Te voy a buscar.-repitió
-¿Eh?
-Te voy a buscar, ya te dije.
-¿Y me vas a encontrar?- Y dale con las preguntas misteriosas, nena.
-Qué sé yo.- y dale con tu sencillez.- Pero nunca voy a dejar de intentarlo de nuevo. Voy a ser el que diga "yo me opongo" en tu casamiento si no es conmigo.
Bueno, de nuevo con el poeta resentido. Los dos se rieron con complicidad. Faltaba que el remís diera vuelta la esquina para llegar a la casa de ella.
-Chau, gracias.
-Soñá bonito, mañana te llamo.
-¿Me lo prometés?
-Ya no tengo que prometer para cumplirte, vas a ver que te voy a sorprender.- y le guiñó un ojo.
-Confió en vos. Y lo sabés.
-Parezco un boludo diciéndote esto, pero yo cambié.
-Eso espero.

Se bajó del auto y a la noche soñó con un tal Juan de nuevo, no sabía porqué seguía soñando con un flaco que no sabía quién era, ¿que nunca había visto en su puta vida! Y también soñó con dos números sobre las cuerdas nuevas de una guitarra vieja, o sobre aquel clavel olvidado en la mesa de un café de la calle Corrientes: 11 y 6

0 comentarios:

Publicar un comentario

Todos los derechos reservados a esta loca maniática desquiciada, humanos, abstenerse. Con la tecnología de Blogger.